Pestañas

viernes, noviembre 06, 2009

Der Deutsche Donauradweg (días 9 y 10: penúltimos días)



El hotel de Regensburg fue el más sórdido y tenebroso del viaje. Aunque más que tenebroso era anacrónico. Para empezar fue el único en el que no había nadie que atendiese al llegar. Fue el único también que nos cobró al llegar y no al salir. Al subir a la habitación vimos que el techo del pasillo se caía a cachos, y que el pasillo olía a gas. La habitación, por suerte, estaba limpia, y el agua salía caliente; pero la "decoración" (por llamarlo de alguna manera) era más propia de la Polonia comunista de los años 70 que de la Alemania del siglo XXI. Uno de repente se sentía como en una película de espías de la Guerra Fría.



Al día siguiente comprobamos que el desayuno del hotel era el menos cuidado de todos los que nos habían servido. Durante el mismo, pudimos contemplar una escena propia de los Soprano, en donde un grupo de tipos gordos con trajes baratos tomaban te en la sala del desayuno (solo estábamos nosotros y ellos) mientras esperaban a un coche que seguramente les llevaría hacia la gestión de algún negocio oscuro. Les iba a hacer una foto, pero lo pensé mejor. Corriendo salimos de allí antes de que el edificio se colapsara por su propio peso y deterioro o por una explosión de gas.

El centro de Regensburg era más o menos bonito. No es una de las ciudades más espectaculares que vimos, ni la más amable, pero las vistas de la catedral desde el río fueron de las mejores (véase la foto de arriba). Nos entretuvimos toda la mañana haciendo fotos y visitando un poco la ciudad. Una curiosidad de esta ciudad es que parecía dividida en dos trozos, separados por la Torre al final de la Adolf-Schmerzer-Strasse: desde la torre hacia el centro era una ciudad alemana típica mientras que, alejándose del centro, aquello parecía la Europa comunista del Este. Podéis suponer en qué lado estaba nuestro hotel. Antes de comer y para descansar un poco del cansadísimo día anterior, cogimos un tren hacia Straubing.

Straubing es Baviera en estado puro. Comimos en un típico restaurante la que probablemente haya sido la mejor salchicha que jamás he probado. Según le dijo la camarera a Julia, estaban preparadas al estilo bávaro, cocidas en agua. Julia, por cierto, tiene pendiente hacer un post acerca de las pintas que se gastaba la gente, especialmente las mujeres, en aquel sitio.

Después de comer empezamos la rutilla ciclista del día, más corta de lo habitual gracias al atajo en tren. A pesar de que, de nuevo, amenazaba lluvia, el cielo se despejó y tuvimos un paseo en bici bastante agradable y tranquilo hasta llegar a Deggendorf.



Si el hotel de Regensburg era cutre hasta decir basta, todo lo contrario nos pasó con el de Deggendorf, el Hotel Höttl, que era fabuloso. La habitación era enorme, tremenda. El desayuno del día siguiente fue desproporcionado, hasta tenían huevos revueltos y salchichas (¡más salchichas!), signo inequívoco de un aumento de categoría en el ranking hotelero.

Al llegar a la ciudad a un señor mayor con un ojo de mentira y con pinta de veterano de guerra, pero en plan fuertote, le dio por hablar conmigo en alemán. Mis conocimientos del idioma son basiquísimos pero pude chapurrear un "no hablo alemán". Al entrar en el hotel, un rato después, estaba allí el mismo tipo y volvió a insistir en hablar conmigo. No se si es que le recordaba a algún camarada muerto en las trincheras o qué. Ya le tuve que decir algo así como "Ich spreche kein kein kein Deustch!" y creo que se enteró, pero aún así me soltó un rollo tremendo del que no entendí nada. Y de pasó me estrechó la mano y casi me la destroza el muy animal. Luego la conserje del hotel nos dijo que el tipo en realidad me estaba hablando en idioma bávaro, que es un dialecto del alemán, o un idioma aparte, que no está claro. No le habría entendido igualmente aunque me hubiese estado hablando en hochdeutsch.

Deggendorf es una ciudad pequeña, pero muy agradable, básicamente compuesta por una calle. Después del desmesurado desayuno del hotel, nos dimos una vuelta por allí y continuamos nuestro caminillo en bici. La etapa de aquel día (penúltima) era muy cortita y sin demasiados problemas. Hacía un calor del copón bendito, me parece que nos quemamos (otra vez). Después de atravesar unas vías de tren, entramos en un camino asfaltado muy agradable que llegaba hasta un ferri a través del Danubio en la ciudad de Niederalteich. En este punto se podía seguir el Donauradweg o bien pillar un ferri para hacer la ruta en bici del Isar. Este es un punto interesante, porque la ruta en bici del Danubio no es ni mucho menos la única que se puede hacer por las alemanias. Hay cientos de rutas en bici.




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El camino continuaba por una bonita arboleda, aunque al llegar a la altura de Winzer volvían nuestros amigos los coches. En Winzer nos comimos unas patatas fritas con dos cervezas (que íbamos llenos después del peazo desayuno) en un "bar" dedicado exclusivamente a ciclistas que pasaban por allí. El resto del camino fue totalmente idílico hasta llegar a Vilshofen. Al entrar en la ciudad nos agobiamos un poco porque había una reunión de conductores de motos, coches y demás anacrónicos, contaminantes y ruidosos aparatos con motores a gasolina. En la ciudad teníamos reservado un hotel que, tras llamada al móvil de Julia, nos cambiaron por otro al mismo precio (para que luego digan de la seriedad alemana). El hotel nuevo estaba un poco apartado de la ciudad, al otro lado de las vías del tren y aunque parezca mentira por la impresión que daba la entrada, era feo de pelotas por dentro y la dueña era antipática de las narices.

Ya sólo nos quedaba un día de recorrido para llegar a Passau y terminar con nuestra excursión en bici por el Danubio alemán.

1 comentario :

juliacgs dijo...

Me acabo de acordar de la super copa de helado que nos zampamos na más llegar a Vilshofen... ¡Qué rico!

Pos sí, ya no te queda ná pa acabar con este rollo y yo aún no he escrito ni una palabra de nuestro viajesito... Qué pena, porque con lo que tengo en cartera, me parece que no voy a poder escribir mucho...