Pestañas

viernes, marzo 12, 2010

Delibes

La muerte de Miguel Delibes me ha pillado hoy por sorpresa, aunque es una de esas noticias esperadas, debido a los problemas de salud que el cazador-que-escribía de 89 años arrastraba desde los años 90, cuando sufrió un cáncer. De aquella enfermedad se recuperó, pero no lo suficiente como para volver a escribir con regularidad. Por aquella época nos dejó una última maravilla, El Hereje, una novela histórica que anunciaba a un escritor en renovación, de miras más extensas; un artista aún más magnífico que el que ya era y que no pudo confirmarse como tal.

Supongo que a casi todos los que rondáis los 30 y pico años e hicisteis la EGB os obligaron a leer El Camino en el colegio o en el instituto (no si pasa igual ahora con los más jóvenes). Aquella era una novela sencilla, corta, escrita en un castellano depuradísimo, que en pequeñas frases era capaz de expresar ideas complejas con precisión milimétrica. Todo un ejemplo para los tiernos estudiantes. Sin embargo, la novela, desde el punto de vista de un niño o adolescente, resultaba intrascendente e incluso aburrida porque, en realidad, en la historia no pasaba nada.

Mi padre, que es natural de la provincia de Ávila, siempre cuenta sus historias de zagal por los campos y montes de aquella Castilla, muy parecida a la que describe Delibes. No puedo evitar imaginar a mi padre con los pantalones cortos, haciendo trastadas por aquí y por allá, de forma muy parecida al protagonista de El Camino, Daniel "el Mochuelo". Al igual que le pasó al personaje de la novela, a mi padre lo mandaron muy de joven a la ciudad, perdiendo el contacto con su entorno natural, en el que había crecido. Él siempre ha tenido la sensación de que le sacaron de su sitio y que, a pesar de llevar más de 40 años viviendo en Madrid, no es de ciudad.

Releí El Camino, unos años después de haber dejado el instituto, con la liberación de no tener que soportar más lecturas obligatorias, y me encontré con lo que mi padre contaba que había sido su infancia. O algo parecido. Así como con el sentimiento de pérdida inevitable de toda aquella gente que tuvo que dejar su lugar, sus pueblos, su mundo, para ganarse la vida allí donde se podía, en las ciudades. El final del libro lo recuerdo como una de las cosas más tristes y hermosas que jamás he leído. Es decir, a pesar de la aparente sencillez de la novela, su trasfondo es considerable y es algo que no se puede entender hasta que se tiene cierta edad, hasta que no se sabe un poco de lo que ha sido este santo país durante el siglo XX.

Podría seguir comentando novelas de este no-premio Nobel, pero mejor lo dejo en lo que ya he escrito y termino, cambiando de tema, aunque bastante en sintonía con lo que a veces se escribe en este blog-chorra, con una respuesta de Miguel Delibes a una pregunta que le hicieron en esta entrevista:
Pesimista fue siempre: sobre la Tierra, sobre la naturaleza. ¿Se muere la Tierra, o simplemente está herida? Desgraciadamente, herida de gravedad. Su destino no podemos preverlo. Creo que aún está en nuestras manos salvarla, pero ¿nos vamos a poner de acuerdo para hacerlo? Estamos tan bien instalados en la abundancia que no es fácil convencer al vecino de que se sacrifique seriamente para impedir el calentamiento del planeta y hacerlo invisible para millones de personas. El momento es crucial para que el hombre nos dé la medida de su sensibilidad.

11 comentarios :

copepodo dijo...

Entiendo que los estudiantes deban leer clásicos en el colegio o el instituto y me parece bien, pero cuánto daño ha hecho eso a veces a los amores precoces por la literatura. A mí se me atragantó "Crónica de una muerte anunciada" de García Márquez y tardé años en liberarme del trauma (como tú dices, una vez que escoges voluntariamente lo que quieres leer).

Perdón por el cambio de tema. Una pena la noticia de hoy, sin duda. Tengo "El hereje" pendiente desde hace tiempo. Y sí, tremendo el extracto de la entrevista. ¿Sabes que el hijo de Delibes fue durante muchos años director de Doñana y una de las cabezas visibles de la divulgación sobre la conservación de la biodiversidad en España? Miguel Delibes hijo recuerda muy a menudo el papel que tuvo su padre en la relación que mantiene con la naturaleza, una relación a la vez profesional y humana, despojada de cursilerías y falsos sentimentalismos. Qué gran hombre despedimos hoy.

el Salmon dijo...

Muy bien traída la foto. Descanse en paz.

solracm dijo...

Comparto la idea de que es muy oportuna la foto...Siempre nos queda su obra. Saludos

juliacgs dijo...

A los estudiantes de ahora no se les hace leer El camino, sino El lazarillo de Tormes adaptado para imbéciles...

Tiene mucho peligro, eso de las lecturas obligatorias... Pero yo creo que la culpa es más de los profesores de lengua incompetentes que de las lecturas en sí...

Yo creo que mi obra favorita de Delibes es Cinco horas con Mario. Me parece totalmente maravillosa. En su momento, me hicieron leer en el colegio Los santos inocentes y no acabé de cogerle el truco... Creo que es por lo que tú dices de la madurez... En todo caso, luego vi la película y acabé por cogerle manía definitivamente (no podía con lo de "Milana bonita", qué se le va a hacer).

Lo más notable de la literatura de Delibes es que demuestra como se puede escribir en español de manera brillante sin ampulosidades ni grandilocuencias. Hay muchos (y no precisamente estúpidos) que todavía no lo comprenden, y se empeñan en embrollar un idioma que puede ser precioso, descriptivo y muy emotivo sin necesidad de complicaciones mal traídas.

eulez dijo...

Cope, pero si Delibes-hijo es ya casi más famoso que el padre, hombre. Además fue uno de los que escribió en su momento criticando los recortes en I+D. Decía Miguel Delibes que los cazadores como él, que se dedicaban a caza menor (perdices, conejos y cosas por el estilo), en realidad estaban limpiando los excedentes de la propia Naturaleza. No se que opinarás tu de esas declaraciones, en parte a eso creo que te refieres con lo de "sentimentalismos", no?

Salmón y solracm, me alegro de que os guste la foto, aunque no es mía como podréis suponer ;) Supongo que sabréis que Delibes era un ciclista declarado que le regalo una bici a su novia cuando se casó.

juliacgs, lo que dices es literal. Los chavales de ahora leen la literatura adaptada. En parte eso es una gilipollez, pero oye, por otro lado, eso a lo mejor evita el daño a los amores precoces por la literatura que dice el copépodo, no? (bueno, va a ser que no)

"Cinco horas con Mario" es cojonuda. Qué manera de mostrar toda la bajeza, moralina barata e hipocresía de una época y de un régimen sin decir una palabra más alta que otra. Una maravilla. Pero claro, hay que leer la obra sabiendo de qué habla.

Sobre la forma de escribir, yo lo sigo diciendo, no he leído a ningún otro autor con un castellano tan elaborado a la vez que simple y preciso. Algunos, por ejemplo muchos blogueros que pretenden ir de "escritores", se creen que escribir bien es hacerlo de forma rimbombante y oscura. Y están totalmente equivocados, que lean a Delibes para darse cuenta.

Miguel dijo...

Tanto mi padre (León) como mi madre (Ávila) salieron de sus pequeñas aldeas para entrar en un internado y "progresar". Como puedes imaginar, El Camino era una de sus novelas favoritas. También "Las Ratas", por eso de la miseria en Castilla que tan de cerca habían visto.

Chuparuedis dijo...

Ni 40 ni 100 años fuera del pueblo-campo pueden sacartelo de dentro. Es una de las razones por las que digo que no soy Madrileño, Vicalvareño si, pero no este Vicálvaro actual sino aquel donde jugabamos de críos en el campo, con las bicis, entre los huertos, a ese pueblo grande que llamaba mi padre. Nací en un pueblo aleman al lado de un bosque y crecí a caballo (de acero) entre dos pueblos de Montes de Toledo y ese otro pueblo grande engullido por la ciudad de Madrid.
Me voy a podar un rato y como se que os gusta la bici no puede faltar este pequeño homenaje:


Mi querida bicicleta
— Miguel Delibes —

Mi padre, que todos los veranos leía el Quijote y nos sorprendía a cada momento con una risotada solitaria y estrepitosa, me había dicho durante el desayuno, atendiendo a mis insistentes requerimientos para que me enseñara a montar:

— Luego; a la hora de comer. Ahora déjame un rato.

Para un niño de siete años, los luego de los padres suelen suponer eternidades. De diez a una y media me dediqué, pues, a contemplar con un ojo la bicicleta apoyada en un banco del cenador y con el otro, la cristalera de la galería que caía sobre el jardín, donde mi padre, arrellanado en su butaca de mimbre con cojines de paja, leía incansablemente las aventuras de don Quijote. Su concentración era tan completa que no osaba subir a recordarle su promesa. Así que esperé pacientemente hasta que, sobre las dos de la tarde, se presentó en el cenador, con chaleco y americana pero sin corbata, negligencia que caracterizaba su atuendo de verano:

— Bueno, vamos allá.

Temblando enderecé la bicicleta. Mi padre me ayudó a encaramarme en el sillín, pero no corrió tras de mí. Sencillamente me dio un empujón y voceó cuando me alejaba:

— Mira siempre hacia adelante; nunca mires a la rueda.

Yo salí pedaleando como si hubiera nacido con una bicicleta entre las piernas. En la esquina del jardín doblé con cierta inseguridad, y, al llegar al fondo, volví a girar para tomar el camino del centro, el del cenador, desde donde mi padre controlaba mis movimientos. Así se entabló entre nosotros un diálogo intermitente, interrumpido por el tiempo que tardaba en dar cada vuelta:

— ¿Qué tal marchas?
— Bien.
— ¡No mires a la rueda! Los ojos siempre adelante.

Pero la llanta delantera me atraía como un imán y había de esforzarme para no mirarla. A la tercera vuelta advertí que aquello no tenía mayor misterio y en las rectas, junto a las tapias, empecé a pedalear con cierto brío. Mi padre, a la vuelta siguiente, frenó mis entusiasmos:

— No corras. Montar en bicicleta no consiste en correr.
— Ya.

Le cogí el tranquillo y perdí el miedo en menos de un cuarto de hora. Pero de pronto se levantó ante mí el fantasma del futuro, la incógnita del «¿qué ocurrirá mañana?» que ha enturbiado los momentos más felices de mi vida. Al pasar ante mi padre se lo hice saber en uno de nuestros entrecortados diálogos:

— ¿Qué hago luego para bajarme?
— Ahora no te preocupes por eso. Tú, despacito. No mires a la rueda.

Daba otra vuelta pero en mi corazón ya había anidado el desasosiego. Las ruedas siseaban en el sendero y dejaban su huella en la tierra recién regada, pero la incertidumbre del futuro ponía nubes sombrías en el horizonte. Daba otra vuelta. Mi padre me sonreía.

Chuparuedis dijo...

— Y cuando me tenga que bajar, ¿qué hago?
— Muy sencillo; frenas, dejas que caiga la bicicleta de un lado y pones el pie en el suelo.

Rebasaba el cenador, llegaba a la casa, giraba a la derecha, cogía el paseo junto a la tapia, aceleraba, alcanzaba el fondo del jardín y retornaba por el paseo central. Allí estaba mi padre de nuevo. Yo insistía tercamente:

— Pero es que no me sé bajar.
— Eso es bien fácil, hijo. Dejas de dar pedales y pones el pie del lado que caiga la bicicleta.

Me alejaba otra vez. Sorteaba el cenador, topaba con la casa, giraba ahora a la izquierda, recorría el largo trayecto junto a la tapia hasta alcanzar el fondo del jardín para retornar al paseo central. Mi padre iba ya caminando lentamente hacia el porche: —

— Es que no me atrevo. ¡Párame tú! -confesé al fin.

Las nubes sombrías nublaron mi vista cuando oí la voz llena de mi padre a mis espaldas:
— Has de hacerlo tú solo. Si no, no aprenderás nunca. Cuando sientas hambre subes a comer.


Y allí me dejó solo, entre el cielo y la tierra, con la conciencia clara de que no podía estar dándole vueltas al jardín eternamente, de que en uno u otro momento tendría que apearme, es más, con la convicción absoluta de que en el momento en que lo intentara me iría al suelo. En las enramadas se oían los gorjeos de los gorriones y los silbidos de los mirlos como una burla, mas yo seguía pedaleando como un autómata, bordeando la línea de la tapia, sorteando las enredaderas colgantes de las pérgolas del cenador. ¿Cuántas vueltas daría? ¿Cien? ¿Doscientas? Es imposible calcularlas pero yo sabía que ya era por la tarde. Oía jugar a mis hermanos en el patio delantero, las voces de mi madre preguntando por mí, las de mi padre tranquilizándola, y persuadido de que únicamente la preocupación de mi madre hubiera podido salvarme, fui adquiriendo conciencia de que no quedaba otro remedio que apearme sin ayuda, de que nadie iba a mover un dedo para facilitarme las cosas, incluso tuve un anticipo de lo que había de ser la lucha por la vida en el sentido de que nunca me ayudaría nadie a bajar de una bicicleta, de que en este como en otros apuros tendría que ingeniármelas por mí mismo. Movido por este convencimiento, pensé que el lugar más adecuado para el aterrizaje era el cenador. Había de llegar hasta él muy despacio, frenar ante la mesa de piedra, afianzar la mano en ella, y una vez seguro, levantar la pierna y apearme. Pero el miedo suele imponerse a la previsión y, a la vuelta siguiente, cuando frené e intenté sostenerme en la mesa, la bicicleta se inclinó del lado opuesto, y yo entonces di una pedalada rápida y reanudé la marcha. Luego, cada vez que decidía detenerme, me asaltaba el temor de caerme y así seguí dando vueltas incansablemente hasta que el sol se puso y ya, sin pensármelo dos veces, arremetí contra un seto de boj, la bicicleta se atoró y yo me apeé tranquilamente. Mi padre ya salía a buscarme:

— ¿Qué?
— Bien.
— ¿Te has bajado tú solo?
— Claro.

Me dio en el pestorejo un golpe cariñoso:

— Anda, di a tu madre que te dé algo de comer. Te lo has ganado.

eulez dijo...

Miguel, como dicen por ahí, esa España de Delibes ya no existe y uno de sus méritos fue dejarla fielmente reflejada en muchas de sus novelas.

Chuparuedis, gracias por dejarnos el cuento aquí. Por cierto, que facilidad tuvo el jodío para aprender a montar en bici, a mi me costó unos cuantos leñazos.

Calamity dijo...

Pues a mí también me ha dejado chafada la muerte de Delibes. Como dices es algo que te esperas, pero que, no sé porqué, como que te sorprende que haya pasado... Para mí fue un maestro. Empezó en El Norte de Castilla. Igual que yo. :-)

A mí me encantó "Los Santos Inocentes". Me encantan también "Cinco Horas con Mario" y me gusta muchísimo "Las Ratas". A pesar de que muchas de sus obras hayan sido de lectura obligada en la escuela. No sé quién de vosotros decía por aquí que más que la obligación de la lectura es la pericia que tiene el maestro a la hora de obligar a leer. Estoy totalmente de acuerdo. No sigo, que me enrrollo mucho (es que yo tuve una profe de Literatura en 3º de carrera que era maravillosa y que cualquier lectura obligatoria suya la convertía en una delicia).

En cualquier caso, se ha ido uno de los grandes. En fin.

dosvariables dijo...

Cuánto daño ha hecho la urbanidad en este país... aunq algún día tendremos q volver a los orígenes, ya veréis ;). Por desgracia se ha ido, pero la verdad es q hay veces q uno lo acepta por inevitable, se veía venir desde hace tiempo..

Yo de este hombre me he leído un par (Cinco Horas con Mario y Los Santos Inocentes), pero justo esas q mencionas no.. Me las apunto para en cuanto tenga tiempo.