Pestañas

martes, marzo 27, 2012

La huelga y la mala estrella


"En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo."
Un sepulturero en Luces de Bohemia (1924) de Valle-Inclán.

El otro día, juliacgs me llevó a ver Luces de Bohemia (PDF aquí) de Valle-Inclán, texto de una gracia innegable y de una actualidad sorprendente. He querido destacar la frase de arriba, entre otras lindezas, por lo que decía el otro día acerca de los ombligos.

La situación a la que hemos llegado un siglo después, tan similar a la que retrata Valle-Inclán a través de su personaje Max (Mala) Estrella, se debe en parte a todos, a la sociedad en su conjunto y nuestra falta de ética, tanto laboral como personal. Tenemos una incapacidad manifiesta para ponernos en nuestro sitio, para dejar de pensar que somos mejores que los que tenemos al lado o para creer que se puede construir algo mejor y más justo solamente con un poco de solidaridad hacia aquellos cuya situación es similar o igual a la nuestra. Somos el paradigma mundial del final de la clase obrera. Eso sí, gracias a Cervantes, a Valle y a tantos otros, sabemos que lo de Es-pa-ña (guau-guau) viene de lejos.

Volviendo al tema principal de esta entrada, una de las formas de protesta y de reivindicación social habituales en las sociedades occidentales, con especial tradición en Europa, es la huelga general. En la democracia española actual sólo ha habido nueve convocatorias de huelga general. No es algo gratuito, a nadie le gusta renunciar a su salario diario o crear un conflicto con el empresario o con los clientes. 

En la situación actual hay razones de sobra para secundar la protesta (puede verse esto también). La reforma laboral tiene unas intenciones devastadoras, algunos dicen que incluso coherentes dentro de un ideario neoliberal más o menos oculto. La reforma ya está favoreciendo los EREs, el despido procedente (que puede ser por haber estado de baja legalmente) y la bajada brutal de salarios más allá de los convenios. Es más, ataca directamente al sector público donde podrá despedirse indiscriminadamente con la excusa de nuevas necesidades o reformas (en la UAB ya están despidiendo profesorado) o reducir salarios al gusto. Por supuesto, todo sin realizar reformas en el modelo productivo, intentar disminuir el precio de la vida, mejorar la eficiencia de las empresas o plantear medidas tan peregrinas como cambiar el uso horario (franquista) del país. Nada. Según este Gobierno la culpa de la crisis es exclusivamente de los asalariados, que somos unos vagos y trabajamos pocas horas, así como de un sector público que se encuentra por encima de nuestras posibilidades. Esta gente solo mira en una dirección, hacia la derecha, y tiene bien claro cual es su modelo económico.

Por supuesto, hay trabajadores y asalariados (este último término es un insulto según Valle) que quieren usar su derecho a trabajar el día de la huelga ya que no están de acuerdo con la misma, pero sus argumentos pueden contestarse muy fácilmente. Mi opinión es que, especialmente desde el punto de vista del sector educativo, la huelga no sirve de mucho, porque no hay empresario al que dañar parando la producción (esto de las huelgas es muy decimonónico). Es más, el Gobierno, que suelta lindezas del estilo de "la huelga no es la solución", no va a dar marcha atrás ya que considera que la huelga general no hace más que ratificar que sus reformas son las adecuadas. En esto estoy por completo de acuerdo con el Gobierno y pienso que sería mucho más útil que los asalariados fuésemos al trabajo como un día cualquiera y por la tarde plantásemos pacíficamente cien mil personas delante de cada Ministerio, que serían sustituidas en horario laboral por alguno de los millones de parados que hay en este país. Y esto de forma indefinida, día y noche, jornada tras jornada hasta hacer cambiar de posición al Gobierno de turno.

Como parece que no estamos por la labor de rebuznos libertarios, de faenas entre manifestantes y polis Honorarios o por lo menos, de acudir a votar en las elecciones, sólo nos queda la herramienta más habitual para estas situaciones, que es la huelga general. Nuestras pequeñas opiniones y desacuerdos con los sindicatos, propias de ruiseñores modernistas, golfos distinguidos o filósofos peripatéticos, son irrelevantes en pos de la solidaridad con los demás trabajadores o asalariados del país. Sí, es muy posible y casi seguro que esta convocatoria no sirva para nada, pero siempre nos quedará el orgullo de pensar que la mala estrella no ha sido, en exceso y en este caso concreto, culpa de nuestros ombligos.

Y sí, ya dejo de ponerme estupendo.