Pestañas

lunes, noviembre 17, 2014

"The Endless River" o cómo decir hasta siempre

La portada de "The Endless River". Tal vez lo peor del disco.

La noticia de la publicación de un nuevo disco de Pink Floyd nos pilló a muchos por sorpresa. Primero, porque hacía 20 años que la banda británica publicó su último trabajo, "The Division Bell", que ya se daba por hecho que sería el último. Segundo, porque Richard Wright, el teclista del grupo, falleció en 2008. No parecía ya posible que se publicase nada con el nombre de la mítica banda. Pero David Gilmour decidió recuperar algunas de las grabaciones de Wright de aquel último disco para montar un nuevo trabajo junto con el batería Nick Mason (el talentoso y egocéntrico Roger Waters no está metido en estas historias, por supuesto.)

El trabajo en sí se llama "The Endless River" y es un disco enteramente instrumental con la excepción del último corte, "Louder than words". El trabajo está pensando como una despedida para Wright y como un «hasta siempre» del grupo. Está última canción, "Louder than words", habla de la problemática de la banda y de como se llevaban fatal. Pero en la canción también se dice que, a pesar de las peleas, este grupo hizo algo que tenía mucho más valor que todo aquel conflicto. Que el disco sea casi al completo instrumental es un claro homenaje al desaparecido teclista, que tenía buen grado de responsabilidad en el característico sonido del grupo.

Este disco es un eco del pasado de Pink Floyd. Al escucharlo aparecen en la memoria "Ummagumma", "Echoes", "Shine on You", "Us and Them", etc. "The Endless River" parece sacado, con un sonido más actual, de la época anterior a los cuatro grandes de los setenta ("Dark Side" (1973), "Wish You Were Here" (1975), "Animals" (1977) y "The Wall" (1979)). Por entonces, Pink Floyd era un grupo más coral, menos dominado por Waters, más sencillo desde cierto punto de vista. Entonces podían permitirse grandes temas casi totalmente instrumentales sin necesidad de tener un «concepto» que definiese el album. 

Y es aquí donde una persona que conoce y prácticamente adora toda la discografía de Pink Floyd no puede ser del todo objetivo. Este disco vuelve a aquellos tiempos y, sin que sea ninguna obra maestra, escucharlo es todo un disfrute. Les reto a que busquen algún grupo actual que consiga una calidad de sonido semejante. El disco no tiene grandes momentos, no hay melodías soberbias o extractos musicales tan inspirados como en los discos de los 70. Pero, aun así, es un placer escucharlo para, a continuación, volver a deleitarse con toda su discografía desde el principio. Es sencillamente un digno epitafio y una entrañable despedida para la mejor banda que nunca ha existido.

De izq. a der.: Wright, Mason, Waters y Gilmour. 1973 (visto aquí)