Pestañas

martes, junio 23, 2015

Que sí, que pudimos

Que pague el cordero (imagen vista aquí)

Hace más de un año hice una apuesta con mi padre. El que la perdiese invitaría a cordero asado en un buen restaurante. La apuesta consistía en si las elecciones municipales de este año expulsarían o no al PP de los gobiernos de Comunidad y Ayuntamiento de Madrid y Valencia, bastiones de la derecha y de la corrupción en España desde hace no sé cuantos lustros. Yo aposté que sí, que iba a ocurrir, y mi padre que no (típica estrategia güin-güin suya: contento si no paga el cordero, contento si el PP pierde). 

Todo esto fue antes de que Ciudadanos apareciese repentinamente (en Cataluña les conocen bien y es un partido que ya tiene 10 años) para ofrecer una alternativa al votante del PP descontento. También fue antes de que Rajoy decidiese no presentar a las elecciones a los segundones que ocupaban el sillón en la Comunidad de Madrid y en la alcaldía. Antes de todo eso se preveía un batacazo monumental, así que me las prometía felices para comerme un cordero (gratis).

Bien, pues he perdido la apuesta, pero por muy poco. Valencia ha sido una alegría por partida doble, al igual que la ciudad de Madrid. Expulsar del cotarro a Esperanza Aguirre (con pataleta de «niña caprichosa» incluida) y a Rita Barberá no tiene precio (¡Y a Cospedal, que tanto decía aquello de «pues que se presenten a las elecciones», pues toma dos tazas). Solamente ha faltado la Comunidad de Madrid, en donde Cifuentes (la que reprimió las Marchas) ha sido hoy investida Presidenta gracias a Ciudadanos. Y gracias indirectamente a los votos perdidos por Izquierda Unida que no ha logrado ninguna representación ni en Comunidad ni Ayuntamiento. El poetiso de Almudena Grandes, apoyado por otros individuos de su generación, la ha liado bien parda.

La derecha no solo ha perdido la ciudades de Madrid y Valencia, sino que candidaturas de unidad popular han conseguido el gobierno de varias ciudades, en especial Barcelona. Estas elecciones han sido la primera consecuencia electoral de lo que empezó en aquel mes de mayo de 2011 y que continuó con las Marchas por la Dignidad. Hay gente que ve el vaso medio vacío, que no ve la importancia de lo conseguido. Para darse cuenta solo hay que mirar con perspectiva: si hace tres años alguien me dice que, en 2015 una activista antideshaucios iba a ser alcaldesa de Barcelona, o que el alcalde de Valencia iba a entrar en bicicleta en el Ayuntamiento, lo habría tachado de loco. 

Algunos dicen también que, a pesar de todo, el bipartidismo no ha muerto. Que sí, que los dos partidos mayoritarios siguen ahí, pero ¿en cuantas partes, después de estas elecciones locales, gobiernan el PP o el PSOE sin el apoyo o consentimiento de Podemos o Ciudadanos? Eso, al menos, es el fin de la impunidad para estos dos partidos que se repartían los gobiernos como les venía en gana. Además, no solo hay que ver estas elecciones con perspectiva temporal sino también espacial: ¿qué países de nuestro entorno son capaces de un cambio semejante? En gran parte de los países europeos lo que ocurre es que sube la ultraderecha. Pero en España no, aquí los "indignados" consiguen las alcaldías de las dos ciudades más importantes del Estado.

No diré nada aquí acerca del paso siguiente, que es cómo van a afrontar las candidaturas populares la tarea de gobernar, cómo van a pasar de la reivindicación al pragmatismo del que gobierna, y sobre todo, cómo van a aguantar los ataques mediáticos y políticos de todo tipo y condición. No voy a mezclar una cosa con otra. El éxito electoral, impensable en otros países, e incluso en este hace unos  años, merece por si solo una felicitación colectiva. Pudimos. Y seguro que se puede más. Que pago el cordero con gusto, oigan.

Guapa la una, guapa la otra.