Pestañas

lunes, septiembre 14, 2015

El duende cabrón

El duende cabrón podría ser tal que así. Añádase un "ja-ja" estilo Nelson.
Una camiseta del Atleti también sería apropiada.

Desgraciadamente, y tal y como le pasa a mucha gente, especialmente si se dedican a algo que suponga trabajar con unos patrones de raciocinio más o menos elaborados, no tengo creencias religiosas.  Digo "desgraciadamente" porque es bien sabido de toda la vida que las personas religiosas son más felices y confiadas. Tiene que ser todo un consuelo creer en un ser superior que te observa, te protege y, si eres malo, te perdona si te arrepientes.

No es el caso. Estoy incapacitado mentalmente para aceptar dogmas porque sí. Por eso supongo que acabé trabajando de científico. Aunque todo hay que decirlo, si me metí a estudiar Física fue por dudas teológico-filosóficas en la adolescencia. Luego, las cosas cambian y te caes un poco del guindo (la ciencia no es lo que yo pensaba por entonces), pero volvamos al tema, que estoy desvariando.

Por mucho que uno no crea en fantasmas, nuestro cerebro tiene tendencia a creer en este tipo de cosas, más si te han criado en un entorno medianamente católico (España, años 80, imposible evitarlo). Así que combinando defecto profesional, educación infantil y sesgo cognitivo, tal vez lo más parecido a Dios en lo que creo es en la existencia de una deidad, a la que llamo el "duende cabrón". Se trata de una entidad que observa y retoca lo que viene a ser la vida de alguien, en concreto la mía. Es una especie de granuja que, en mi caso, maneja mi destino en plan troll benevolente. Básicamente, su comportamiento se suele regir por las siguientes normas:

1 - Si quieres algo, no lo vas a tener, pero pondré algo posiblemente mejor, tal vez parecido, para ti a tu alcance, aunque tú no lo sepas. 

2 - En caso de que te emperres con algo y a mí me parezca bien, no lo vas a tener nada fácil. Lo que quieras te lo curras. 

3 - Plagaré tu vida de pequeñas señales para que sepas que estoy ahí.


Supongo que este duende solamente me molesta a mí. Cada cual tendrá su pequeño duende cabrón y cada cual tendrá un carácter distinto. Unos serán tan cabrones que te joderán la vida hagas lo que hagas, otros te colocarán una flor en el culo a poco que te levantes del asiento, etc.

Descubrir cómo es tu duende cabrón es posiblemente una de las cosas más importantes que hacer en tu vida. En mi caso, sé cómo me van a ir ciertos asuntos sin más que inferir lo que opinaría mi duende cabrón acerca del asunto. Si intento algo que me apetece hacer, lo más probable es que no salga, salvo que me deje los cuernos en el intento. Pero eso sí, si no sale sé que (en algún momento) surgirá una alternativa, posiblemente mejor para mí que mi elección inicial. Sé que nada importante que haga va a resultar fácil y si sale fácil es que no era importante. 

Y luego está lo del tercer punto. Lo de las señales, los pequeños detalles. Casualidades, tonterías, pequeñas cosas sin importancia. Esas cosillas que te pasan en las que dices: ¡qué curioso, oye tú! 

Pues bien, el que haya leído habitualmente algo de este sitio en decadencia sabrá que mi máximo referente cultural (musical e ideológicamente) es Roger Waters, letrista, bajista y compositor de Pink Floyd. Esto viene de lejos, no es algo en lo que haya cambiado de opinión. Hace unos años estuvimos en su memorable concierto de The Wall y en este blog hicimos un repaso canción a canción del disco. En 1992 publicó un disco en solitario llamado 'Amused to Death' (que ahora se ha reeditado nuevamente) tiene unas letras que a mí me parecen una obra maestra (salvo algún patinazo de mal carácter), con claras y evidentes referencias orwellianas (el disco de Pink Floyd, 'Animals', está inspirado en 'Rebelión en la Granja'), plagadas de irónicas reflexiones sobre los excesos y la hipocresía del capitalismo, la religión, etc, etc. Vaya, que el tipo es un referente.

Pues mira qué casualidad. Me acabo de enterar de que aquí el amigo nació el mismo día que otro que no me deja dormir por las noches y que tampoco come bien y que tiene rabietas y que no para quieto y que se pone enfermo a la de tres (o sea que, por supuesto, no podía ser fácil).

Así que ya sabéis, buscad a vuestro duende cabrón, seguro que anda por ahí esperando que le digáis algo.